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¡Qué lástima! Paco Espínola, el alcohol y el estado de gracia

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¡Qué lástima!

Paco Espínola, el alcohol y el estado de gracia

 

Literatura Uruguaya, Centro Regional de Profesores del Este, Maldonado, 2011

 

Índice

1. Introducción: ¿Estado de gracia?. 1

2. Francisco “Paco” Espínola: el «hombre-escritor». 2

3. ¡Qué lástima!: cuento y pico. 3

4. Conclusión. 6

5. Bibliografía. 7

Anexo: ¡Qué lástima!

 

Escena de pulpería, Molina Campos, Almanaque de Alpargatas, Enero 1931


1. Introducción: ¿Estado de gracia?

En la concepción religiosa se denomina estado de gracia a aquel del que está libre de pecado, entendiendo como tal la trasgresión voluntaria del precepto, el apartamiento de lo recto y lo justo, la falta a lo debido. [1] Aquellos a quienes Dios ha redimido se hallan en estado de gracia, han sido liberados de la carga del pecado y la culpa, la penalidad de la muerte y han sido trasladados a la libertad de la gracia.

Francisco “Paco” Espínola se refiere a los personajes del cuento de su autoría ¡Qué lástima! y los define como ex - hombres; gente fallida, (seres que) cuando beben no se consuelan, cambian de estado y llegan a zonas superiores de la experiencia humana. Define asimismo a la ebriedad como un estado de gloria del alma resultado de la acción alcohol sobre el espíritu.

La acción del alcohol desde el punto de vista fisiológico ha sido abundantemente estudiada y probada. En lo que respecta al cerebro y al sistema nervioso, el consumo de alcohol inhibe gradualmente las funciones cerebrales, afectando en primer lugar a las emociones (cambios súbitos de humor), los procesos de pensamiento y el juicio. Si continúa la ingesta de alcohol se altera el control motor produciendo: mala pronunciación al hablar, reacciones más lentas y pérdida del equilibrio. Altera la acción de los neurotransmisores pues modifica su estructura y función, lo que produce múltiples efectos: disminución de la alerta, retardo de los reflejos, cambios en la visión, pérdida de coordinación muscular, temblores y alucinaciones. Disminuye el autocontrol, afecta a la memoria, la capacidad de concentración y las funciones motoras.

¿Podemos coincidir con Espínola y definir el estado de ebriedad como un estado de gracia? Un conocido refrán asegura que los niños y los borrachos dicen siempre la verdad. ¿Será entonces que el alcohol, en esa inhibición de las funciones cerebrales a las que nos referimos anteriormente actúa como un desinhibidor de las reservas que como adultos nos imponemos y que se exteriorice la ingenuidad y la sinceridad que ocultamos bajo capas de represión conciente?

Si así fuera, _aceptando que la sabiduría popular de la experiencia colectiva se presenta en el refranero_, la dosis exacta de alcohol, ni más ni menos, a la que se refiere Espínola, permitiría a los tomadores acceder a un especial estado del espíritu que permitiría actuar a los personajes del cuento de la forma en que el narrador los presenta.

El ensayista Enrique Anderson Imbert propone el siguiente esquema para la comunicación literaria[2]:

En el esquema se teorizan aspectos relevantes de la interacción que se establece entre el narrador ficticio y el lector ideal al que se destina la escritura, entre quienes se establece según el teórico una feliz identificación y por detrás de quienes existen hombres con sus improntas personales.

EAI evidencia el punto de vista que sostenemos al afirmar: el hombre, al escribir, usa sus informaciones sobre la vida y la literatura: en ese sentido es correcto igualar los términos «hombre-escritor», conviniendo en que uno de los gestos de autoridad del autor consiste en delegar su punto de vista a un narrador o a varios narradores.[3]

Francisco “Paco” Espínola es el «hombre-escritor» que al escribir, usa sus informaciones sobre la vida y la literatura. Por eso el primer aspecto a presentar serán sus datos biográficos.

2. Francisco “Paco” Espínola: el «hombre-escritor»

Francisco Espínola, apodado Paco, nació en San José el 4 de octubre de 1901 y falleció en Montevideo el 26 de junio de 1973 fue escritor, periodista y docente. Se lo encuadra en la Generación del centenario en el regionalismo junto con Morosoli, por su intención de reflejar lo propio: paisajes, situaciones, anécdotas, tipos y hábitos, desde un nuevo punto de vista, lejos del nativismo

De familia tradicional nacionalista, participó de la revolución contra la dictadura de Terra y fue detenido en 1935 en la acción de Paso de Morlán. Adhirió al Partido Comunista en sus últimos años y falleció en la noche del 26 de junio de 1973, víspera del golpe de estado que impuso la dictadura de 1973 a 1985. Sus restos fueron velados en la sede del Partido Comunista en Montevideo.

Ejerció la docencia como profesor de Lengua y Literatura en el Instituto Normal de Montevideo desde 1939, de Literatura en Enseñanza Secundaria desde 1945 y de Composición literaria y estilística en la Facultad de Humanidades y Ciencias a partir de 1946. En 1961 recibió el premio Nacional de literatura.

Cursó escuela y liceo en San José, en Montevideo inició sin completar el bachillerato de Medicina. Se inició en el periodismo colaborando en publicaciones de su ciudad natal y de Montevideo.

Su obra:

En el Capítulo Oriental Nº 42 se analiza la relación entre Literatura y Fútbol y la escasa dedicación de los intelectuales uruguayos al fútbol pese a la importancia que nuestra sociedad le dedica. En el fascículo, bajo el título Paco Espínola se confiesa, se publica una entrevista a Espínola en la que se revela una faceta poco conocida del autor y una condición de hincha, _ o al menos simpatizante _, que me resultó particularmente grata por la identificación conmigo, en el sentido que las derrotas deportivas dejan una huella más perdurable y profunda en el ánimo que las victorias. Transcribo a continuación dicho texto:

Una tarde estaba solo en mi casa. Mi familia había ido para San José; yo tomaba mate y por radio trasmitían un partido de fútbol. Puse atención. Jugaban Peñarol y Nacional. Di vuelta el mate, traje agua nueva y me quedé escuchando. Resulta que Nacional ganó por goleada. No me acordé más del asunto y me vestí para cenar en casa de mi hermana. Cuando estaba en la calle, empecé a sentir una tristeza bárbara. No sabía qué me pasaba. Mi familia estaba bien, yo lo mismo. Pero seguía tan triste que decidí no ir a lo de mi hermana, para no amargarle la noche.

Me fui hasta el Parque Rodó, cada vez más triste. Pedí una tirita de asado y en el momento en que me la trajeron, me di cuenta de que estaba triste porque yo era hincha de Peñarol, vaya a saber desde cuándo.[4]

Política y fútbol, dos pasiones propias y definitorias de la uruguayez o uruguaicidad, sea como se exprese la condición de ser del uruguayo, su identidad, raíz y condición. Es que Espínola es, en esencia, un uruguayo. Agreguemos la adicción al alcohol y al don de captar la atención al contar cuentos y tendremos aspectos sustanciales en la definición de la semblanza del autor.

3. ¡Qué lástima!: cuento y pico

Carlos Maggi se expresa en estos términos al analizar el cuento ¡Qué lástima! de Espínola:

Un ¡Qué lástima! solo, que crecía y embargaba todas las cosas del mundo y con ellas subía más allá de las nubes y las mostraba así -desoladas, míseras- a alguien capaz, si mirara, de acomodarlas mejor – escribe Espínola.

Los escritores son seres esencialmente indirectos que cuando hablan de una cosa están diciendo esa cosa y confesando, sin querer, otras muchas. Al describir desaforadamente este "¡Qué lástima!", Paco Espínola está sirviendo a su relato y está definiendo –por añadidura- a Paco Espínola. Él es eso. Una manera de colocarse y mirar. Quedarse solo, crecer, difundirse y luego embargarse en la contemplación y embargar el mundo, embriagándolo de afecto. Subir y colocarse allá arriba, amorosamente. Todo se hace entonces más pequeño, más indefenso, más inerme y entregado; todo reclama y logra nuestra piedad porque se ve desolado y mísero. La pequeña gente es tan poquita cosa que está pidiendo ternura, aunque al mismo tiempo, por insuficiente, nos haga sonreír; pero sin burla, por pura simpatía. También nosotros somos así. ¡Estamos hechos de algo tan frágil y tan torpe! No se llega a saber qué sentido tiene que la gente viva y se desviva, doliéndose tanto. Sí. Habrá que quererla por eso mismo, porque su destino es triste.

Uno que la mira así -sufriendo por ello y por sí mismo, tratando de echar a risa paro no llorar- siente que debería haber alguien capaz de acomodar todo esto, si mirara. Pero nadie mira. Sobre nosotros, la intemperie metafísica está vacía y él, Paco, observa las criaturas y las ve caer en el error, en el ridículo, en el dolor inútil; y las compadece. Por eso Paco se queda ahí, impávido, como un ángel equivocado, lleno de cosas para trasmitir y sin nadie o sus espaldas ante quien intermediar; como tomado en falto por haber acumulado tanta misericordia -tanta miseria en el corazón- sin tener a quien presentárselo; sin Dios a quien mover, paro mejorar el mundo. lo _más angustiante de este observador extraordinario es esto de colocarse sobre los hombres, llenarse de compasión, y luego no encontrar un Quien al cual conmover con el sacrificio de su propio entraña. Su angustia es tan potente que se llega a sentir el ámbito sin fondo de esa ausencia. En el hueco que abre ese ¡No hay nadie! se queda el amor solo, colgando de sí mismo como uno nota larga, como un eco sin sonido anterior, como algo que sigue vibrando, sonando indefinidamente, hasta más allá de lo posible, estirándose, ávido de hallar quien lo escuche y lo entienda.

Paco es un creyente retrasado, un habitante del siglo primero, alguien para morir en la estela de fervor reciente que deja un profeta. Pero nació y vive en este tiempo desierto y no puede abrigarse en los valores absolutos que reclama su alma; están gastados. En medio de un modo positivo de pensar y de sentir, camina como un rey mago anacrónico, absurdo; avanza sabiendo que en Belén ya no existe el pesebre.

Es un cristiano dos veces desterrado. Por eso no quiere darle el gusto a Dios de creerlo, porque tampoco Dios se ocupa mucho de mirar lo que nos está pasando. Es un fanático inicial que no encuentra dónde descargar su fe y que sublima este fracaso reinventando este mundo dejado de la mano de Dios.

¡Qué lástima!, ¡qué lástima que la gente sea tan pobre! de dinero, de espíritu, tan pobre de felicidad, de grandeza, de sentido.

Un ¡Qué lástima! sin rabia, sin rencor, sin culpar o nadie, como si de las desgracias del mundo los hombres no fueran responsables.[5]

Zum Felde también se refiere al espíritu cristiano de Espínola, al abandono de la fe tradicional y al sentimiento místico de la comunión de las almas ante el dolor, el pecado y la responsabilidad de salvación, sentimiento neta y específicamente cristiano que hace a uno solidario de todo el mal del mundo, la esencia misma del amor como caridad (como caridad y no como instinto), cuya suprema encarnación es el Cristo (el Cristo que no rechaza ni a la adúltera, ni a la cortesana, ni al publicano, ni al ladrón)…[6]

La estructura del cuento parte de 1) presentación de los personajes; continúa con 2) el diálogo; y culmina con 3) abrazo final que revela la identificación profunda. Una idéntica condición social, la pobreza que los iguala y los hace sentir hermanos; compasión por sí mismos. Comparten caña y la pobreza, el espíritu compasivo y la candidez y finaliza en la concentración recíproca de los personajes

Pero, ¿qué es lo que dice el autor de su propio cuento?

Sobre los personajes se refiere a una historia que fue real, él los vio actuar y los escuchó. Fue un parroquiano que observó a dos amigos que bebían en un bar en los que la persistencia y demostración del cariño termina en el trasvasamiento de las almas. Se trataba de dos seres puros, inocentes, que en un mundo imperfecto sienten piedad, compasión, sin reproche ni violencia. Y así los retrató. Son similares, no iguales, tienen apenas matices de diferencia, ya que, al decir del autor que demuestra que trabaja el cuento, si son dos cosas iguales ya fatigan… está mal hecho. La técnica de descripción es sencilla y no fatiga: en vez de pintar a un personaje y después al otro, describe una característica de uno y de otro con lo que quedan los dos descriptos. Sin embargo, ese meditado y trabajoso desarrollo técnico no debe ser evidente: está bien logrado cuando desaparece toda huella de trabajo y todos los medios empleados para obtener  el resultado.

En ese mismo sentido, de elaborar el cuento, el autor asegura que si hubiera tomado una versión taquigráfica de lo que hablaron esos personajes reales no hubiera habido cuento, no tal como lo conocemos, no como lo concibió. Es que el tiempo necesario para alcanzar el estado de embriaguez, psicológicamente descriptiva, sin condensación, requirió dispersar la atención con otro personaje, mientras las almas ascienden. Se trata del tabernero, como lectores lo tomamos naturalmente, aporta coloración equilibrio. Asegura Espínola que el tercer personaje debe tener algo común. Y lo tiene: siente el mundo insuficiente, pero presenta un grado mayor de inocencia, sin evolución interior no sale con su piedad hacia los otros. La piedad la proyecta sobre sí mismo, gira en el transcurso de sus años en torno a su infancia, se queda como un niño que tiene canas y es viejo. Espínola se jacta del éxito de la técnica que emplea; atrae la atención en el tercer personaje: sin el patrón negro no hay cuento.

Los personajes se identifican plenamente: su piedad es para fuera, para los demás: ¿pero qué mundo es éste cuando este pobrecito a quien debemos tener piedad es el que está teniendo piedad? La cosa va mal en el mundo, merece piedad. El hombre encerrado en su tristeza y en su soledad, siente de pronto como un desahogo al escuchar la exclamación del otro, que es la revelación de un sentimiento semejante al suyo. El clima de entendimiento de Juan Pedro y Sosa es profundo e inmediato, ligeramente distante comparte el clima el negro, patrón del despacho de bebidas, no permanece ajeno.

Yo el carro y la yegua estamos a su disposición: el deseo es anterior, llega a la conciencia, no tiene sentido, no sabe que va a hacer con su deseo, con su voluntad lo resuelve, vino la imagen de la yegua, del carro, quiere seguir conversando con su amigo y entonces se lo entrega. La identificación entre los personajes viene de la expresión ¡Qué lástima! Ambos piensan igual se identifican en la angustia, en el pesar conciente, en su misericordia, en su amor sin límite, al extremo de compartir sus escasísimas posesiones y en definitiva a intercambiarse nombres y almas. Y todo comienza de una reflexión en voz alta ¡Qué lástima! y que el otro sienta que ésa es la clave y que ahora, con el otro, ha encontrado la solución. Es que para uno y para el otro: este hombre es muy gente: lo necesario para transformar la sociedad, que todos sean gente. Sí está ajena la fatal proyección metafísica más allá de las nubes, alguien capaz, si mirara, de acomodarlas mejor.

Espínola se refiere al patrón: lo incluye para aliviar la tensión que estaba legítimamente y con cierta ternura proyectada sobre los bebedores, compromete un poco el alma del lector. El sombrero del patrón es un grillito, un recurso orquestal: el sombrero no está quieto, se pone, se saca, hace su papel, un grillito que no interviene en nada y hace su sonidito que llega a la conciencia del lector y aliviana la situación. Afirma: el sombrero es muy importante, donde va el sombrero yo lo pensé mucho…

El lector se despega, desatiende a los dos que están en trance de fusión sentimental mientras continúan bebiendo y alcanzan el estado de consustanciación. Nos perdemos un instante en la carta que escribe el negro: viene muy poca gente coincide con su situación, va hacia su intimidad, se olvida de la chica pero las palabras de la muchacha lo recuperan, lo salvan de la angustia de evocar un pasado doloroso, lo trae a la realidad. Las manazas que escriben dan muestra de la tosquedad del negro, apenas delineado, pobre, desdichado y primario.

Estamos con los otros de nuevo, los recientes amigos, unidos hasta el punto de disolver la realidad y de lograr lo imposible: si la yegua no está la saca lo mismo

En el estado de plenitud total de la ebriedad que exultante lo hace exclamar yo soy así y que el otro no sea tal sino que, al cambiarse los nombres sea lo mismo ser uno o el otro. Esa es la culminación: la consustanciación pagana propia de la ebriedad y de la ternura que todo lo impregna.

Una envolvente ternura que parte de la exclamación primera, abarca a la humanidad entera y llega a la concentración de esa ternura en una persona que es a la vez yo y el otro.

4. Conclusión

El haber tenido la posibilidad de escuchar sendas grabaciones de Espínola leyendo el cuento ¡Qué lástima! y leyéndolo y comentándolo me permitieron acceder a los recursos creativos que empleó el autor, los que se plasmaron en lo expuesto en el presente trabajo.

No con todos los autores y obras se tiene esa opción y en este caso la aprovechamos. Lo que no quita que quede flotando la duda: el profesional de la ficción que es un escritor ¿no podrá haber inventado un cuento sobre los personajes reales, la deformación de la realidad y en suma, sobre la tarea creativa?

Sea como fuere,  este Espínola narrador oral capaz de modificar detalles del cuento de acuerdo a su audiencia y a su inspiración momentánea integra junto con Julio César Castro, José María Obaldía y Juan Capagorry un selecto núcleo de creativos que dominan las claves del  humor y de la sensibilidad propios de la identidad uruguaya. 


5. Bibliografía

ANDERSON IMBERT Enrique, Teoría y técnica del cuento, Ariel, Barcelona, 1999

CARRIQUIRI Margarita, ¡Qué lástima! o la identificación por la tristeza

Francisco Espínola en Capítulo Oriental Nº 26, Centro Editor de América Latina, Montevideo,  1969

El fútbol en Capítulo Oriental Nº 42, Centro Editor de América Latina, Montevideo,  1969

ZUM FELDE Alberto, Proceso Intelectual del Uruguay Tomo III La Promoción del Centenario, Ediciones del Nievo Mundo, Montevideo, 1967


Anexo: ¡Qué lástima!

 

Paró la oreja Sosa al oír exclamar al desconocido:

-¡Qué lástima, qué lástima, que la gente sea tan pobre!

Sosa ni caso había hecho cuando, media hora antes, vio recortarse en la puerta del despacho de bebidas al escuálido forastero. Siguió absorto en una sensación penosa que lo embargaba frecuentemente. Pero al rato, cuando separado ya el pulpero oyó al otro cerrar la conversación con “¡Qué lástima que la gente sea tan pobre!”, la sensación, de golpe, cambió de efecto. Y comenzó a reconfortarlo algo así como un desahogo.

Con que extraña dulzura había sido pronunciada la frase! Sin rabia, sin rencor... A nadie culpaba. Como si de las desgracias del mundo los hombres no fueran responsables.

-¡Eso está bien!- se dijo para sus adentros Sosa.

Y le pareció que rozaba todo su cuerpo desmirriado, como acariciándose a si mismo, contra un muro sin fin de largo y de color gris pizarra.

Con interés afectuoso observó. El desconocido era casi tan alto como él; y él era largo, de veras. Y, como él, flaco. Lampiño, y él tenía bigote. De botas raídas, y él con alpargatas. Los pantalones, a lo mejor, eran a media canilla, como los suyos. Pero con las botas, los extremos no se veían.

-A ver caballero, ¿qué se va a servir?

El otro se tornó hacia Sosa y miró en derredor. El invitado era él porque no había más nadie.

-Otra caña- respondió reposando en Sosa una mirada tiernísima.

El patrón, negro, ya viejo, de encasquetado sombrero muy copudo, sirvió sin decir palabra, llenó asimismo su gran “vaso particular” y tornó con él al rincón donde, entre el mostrador y la desmantelada estantería, sobre una pequeña mesa, escribía entre borrones la carta que cierta muchacha de las mancebías le encargó para el amor que estaba preso. Además de sombrero tenía lentes, el negro. Unos lentes de níquel, comprados de ocasión cuando el vendedor le dijo a boca de jarro: “Usted lo que precisa es lentes”.

Si no se lo hubiera dicho así, de golpe... El negro, desde su candidez tocada, aunque cabeceando un poco, sintió que no podía hacer otra cosa que sacar el dinero...

-¿Es forastero el señor?

- Es verdá. Vengo de Santa Escilda. Y medio ando por encontrar conchabo en la curtiembre de los Bastos.

-Buena gente, sin despreciar... ¡Salú!

Y alzó el vaso amarillo.

Entro un perrito a la taberna. Y tras él una mujer muy llamativamente acicalada que, mientras adquiría, buscó inútilmente con los ojos la mirada de los que estaban allí.

-¡Este hombre es muy gente!- pensaba Sosa.

Y comprendió que estimaba al desconocido con un cariño sin tiempo.

Cuando la joven se retiró sin haber conseguido ni por un momento atraer la atención de los amigos, Sosa se había alejado un poco de sus pensamientos, pues le andaban en la mente un carrito de pértigo y una yegua tordilla sobre la cual se vio al momento salir del monte con una carga muy grande. Con ahínco trató echar las imágenes por lo menos dentro del monte, otra vez. Pero infructuosamente. Tuvo que volver, pues, con ellos, al hombre que tenía la frente. Y dijo, al principio sin saber a dónde iría a parar; después, desde una grave firmeza.

-Yo tengo un carro y una yegua, caballero... Me la rebusco monteando y vendiendo leña en el centro.

 Yo, el carro y la yegua estamos a la disposición.

-Se agradece en lo que vale. ¡Salú!

Se alzaron los vasos inseguros.

Sobre el mostrador pendía la lámpara. Las sombras de los amigos se acortaban. Ellos callaban. Bebían caña. Sosa sentía algo imposible de expresar, pero que era como el desarrollo de aquél “¡Qué lástima, qué lástima que la gente sea tan pobre!”, que le había hecho parar la oreja. O, tal vez, era un “¡Qué lástima!” sólo, que crecía y embargaba todas las cosas del mundo, y con ellas subía más allá de las nubes y las mostraba así, desoladas, míseras, a alguien capaz, si mirara, de acomodarlas mejor.

Con el índice mesaba los pelos del bigote contra ambos lados del labio.

Se oyó el pitar de un silbato. Otros, lejos, sonaron también. De la calle llegaron voces. Y una voz de mujer, clara y metálica. Más atrás, del fondo de la noche, ladridos. Y el jadeo de una locomotora.
El patrón, en un instante, al beber gran trago de caña, los miró fijo. Pero sin verlos, abstraído, inclinado a un costado el sombrerazo para rascarse las motas ya grises. Era que, escribiendo cada vez con más empeño lo que la muchacha le recomendara, se inquietó de súbito. Desde el principio de la escritura el corazón del negro se había ido conmoviendo secretamente. El nunca hizo cartas. No tenía a quien. Y esto que anotaba a pedido venía tan bien con lo que podía confiar a un amigo lejano, si lo tuviera, que, repitiendo un sorbo de caña, ponía sobre el papel, despacio, tembloroso, como algo íntimo: “Las cosas marchan muy mal. Viene muy poca gente. Ya los tiempos de antes no volverán nunca más...”

El negro vaciló, parpadeando. Se alejaba de las palabras de la muchacha.

Pero continuó por su cuenta, atraído como por una voz que lo llamaba desde el fondo de su ser: “Y cuando no hay nada al lado, cuando no hay nadie, nadie al lado, entonces se piensa en cuando la niñez. ¡Tan linda que era!”

Algún recuerdo muy hundido fue tocado por esta frase, pero la conciencia manoteó de nuevo, por suerte, la imagen de la muchacha, y, con ello, las verdaderas palabras a revelar en la carta hicieron presente su expectación. Lo que debía seguir era: “Voy a comprarme una pollera azul y un saquito blanco...”.

Esto, pues, lo volvió por entero a la realidad. Allí fue dónde el negro quedó en desazón. Inclinó a un costado el sombrero. Sin verlos, miró a los dos largos parroquianos. Dejó la pluma. Se quitó los lentes.

Llevó a los labios su gran “vaso particular”. La vista le oscilaba.

-Otra vuelta, haga el bien.

Estaban bastante cargados. El tabernero sirvió y tornó a su pequeña mesa.

Y por no recordar el acongojante giro que había tomado la misiva, comenzó a turbarse con cosas menos embargadoras. Las manazas sobre el manchado pliego de papel, ante el temor reciente y bienhechor a un pedido de fiado o a una fuga intempestiva o a un seco “Aquí no pagamos nada y se acabó”, él se puso en guardia.

-Yo en seguida me di cuenta, Juan Pedro, que usté era una persona gente confiaba con ternura Sosa al que acababa de revelarle el nombre.

Juan Pedro sonreía. Y posaba en su reciente amigo, alto, flaco, pantalón muy por encima del tobillo –como el pantalón de él, sí, si él no tuviera botas-, posaba una mirada tan dulce que casi no miraba nada.

Y vuelta a aparecérsele a Sosa el carro y la yegua Tordilla. Y vuelta a llevarlos, ahora ufano y dichoso, hacia su compañero.

-Usté, Juan Pedro, cuando quiera la yegua, va a mi casa y la saca. ¿Fuma otro, Juan Pedro?
Juan Pedro, ya con las manos muy torpes, lió un cigarrillo, encendió y dejó que saliera libremente, de toda la boca, el humo.

-Usté, cuando la precise, va, no más, a mi casa y saca la yegua... Y si yo no estoy, la saca lo mismo.
Vaciló. La realidad no daba más y su ardiente pasión quería más, todavía.

Y arrolló la realidad. Y salió al otro lado, terriblemente amoroso, diciendo:

Y si la yegua no está... ¡usted la saca, lo mismo!

Esto de sacar la yegua aunque la yegua no estuviera, conmovió hasta el estremecimiento a Juan Pedro. No advirtió que faltaría la yegua. O le pareció que la yegua podría estar ó no estar. Porque lo cierto es que ”si la yegua no está, la saca lo mismo”, se le quedó bien grabado y era lo único que permanecía firme entre cosas que comenzaban a tambalearse.

Volvió a mirar a su amigo. Pero apenas si lo veía. Se veía él, él solo, ya hasta la perenne sonrisa se le daba vuelta. Como si le hubiera hecho convexa. Se quería a sí mismo, ahora, y ascendía en alas de su amor, sobre los mundos.

Llevándose la mano a la cara, comenzó a acariciarse la sonrisa.

-La yegua es suya, amigo Juan Pedro- seguía Sosa por su lado, implacablemente generoso, con los ojos apagándosele.

Juan Pedro, que no pudo soportar sino por breve tiempo su delirio, había posado otra vez en la tierra, ahora contrito. ¿Qué podía dar él en retribución a aquel corazón fraterno? ¿O qué decir, al menos? Juan Pedro tenía ganas de llorar. Cierto caballo de que una vez fue dueño de pronto se le apareció y espantó su sonrisa. Lo vendió al llegar a Santa Escilda porque, por desgracia, ¿para qué quería caballo en aquél pequeño villorrio? Cuando comprendió para que lo quería –para quererlo, precisamente- era ya tarde. Se había gastado la plata en las pulperías. Y el caballo zaino siguió con un tropero hacia “La Tablada”, allá tan lejos. Y pasó de regreso, a los días. Y volvió a cruzar como al mes. Hasta que caballo y tropero desaparecieron. ¡El, él lo había vendido! ¡Aquel caballo amigo! Y el amigo pasaba y repasaba. Y él a veces, no plata tenía para emborracharse a cada pasada. Y sobre todo cuando ya no pasó más. Ni en un mes, ni en dos: nunca, nunca más.

-La yegua es suya...-¡No compañero! ¿La yegua no es mía, es suya!- El negro, con inquietud, se acomodó el sombrero y, a una señal de Sosa, trajo otra vuelta.

-Es suya digo.

-¡No, no, Sosa! ¡No, no! ¡Es suya!

-¡Es suya, amigo!

-¡No, Sosa, no!

Y la mirada se le mojaba de lágrimas.

-Vamos, compañero, la yegua es suya.

-¡No, no es mía; no es mía!

-Es que usté no me entiende lo que le quiero decir- advirtió Sosa, por fin.

Bebió un trago, chupó, sin advertir que inútilmente, la apagada colilla y explicó, recalcando las palabras:

-Yo, lo que le quiero decir, es que la yegua es suya.

Juan Pedro, vencido, abrió los brazos. Y los dos amigos, tan altos y flacos, de botas el uno, de alpargatas el otro, se estrecharon palmoteándose suavemente las espaldas, bajo los ojos del negro cuyo espíritu había caído en la conversación como en un remolino y no hallaba nada en que agarrarse.

Un indio que entraba desaprensivamente a la taberna se detuvo bruscamente. Pero convencido de que aquello no era pelea, se aproximó al mostrador, pidió y bebió sin respirar.

-¿Y qué es de esa preciosa vida?

-Bien, por el momento- contestó el negro después de un silencio, porque la pregunta le tardó en llegar y la respuesta en salir.

De inmediato, sin embargo, tuvo la sensación de que lo habían sacado como de un sumidero.

Salió el indio. Ya en la calle su voz se oyó entre risotadas.

¡Como ladraban los perros, lejos desde el fondo de la noche!

-¡Yo soy así! ¡Yo soy así!- sostenía Sosa golpeándose el pecho frenético de dicha.

Ahora si lo había empezado a ver otra vez Juan Pedro. Medio borroso, pero lo veía. Percibía el bigote de Sosa, sus pantalones por encima del tobillo, sus alpargatas. ¡Era tan extraño aquello! El no le miraba más que la parte superior del cuerpo. Y lo veía, sin embargo, hasta los pantalones y las alpargatas.

Ya no podían más de caña.

-¿Qué le parece... si saliéramos... un poco... a refrescarnos... y después volvemos... a tomar?

Juan Pedro aceptó con un cabeceo. El tabernero se caló los lentes, echó atrás el sombrero y sumó. Sucesivas rectificaciones fueron contraproducentes. A cada vez el resultado era distinto. Se sacó el sombrero. Llevó al mostrador su “vaso particular” y le bebió el último sorbo. Su cabeza de grises motas volvió a inclinarse. Después de aquel breve descanso se resolvió a sumar por última vez y a tomar aquel resultado como definitivo. Con la conciencia ya más firme dio a cada cual su vuelto. Pero perdió pie de nuevo cuando oyó que Juan Pedro decía a su amigo Sosa:

-¿Vamos saliendo, Juan Pedro?

El espíritu del negro, quien ya se acomodaba otra vez el sombrero, flotó un momento en el vacío. Y como el ventarrón a una hojita, así se lo llevó lejos lo que, desde la puerta, al rodear con el brazo el cuello de su camarada, exclamó Sosa:

-¡Cuidado, Sosa, cuidado con el escalón!

Sin mirar, el negro vio la mesa, el lapicero, la carta. Y vio cruzar todo veloz. Y hundirse allá en el fondo de aquello donde ladraban, ladraban los perros...

Se sacó le sombrero.


[1] RAE, www.rae.es

[2]ANDERSON IMBERT Enrique, Teoría y técnica del cuento, Ariel, Barcelona, 1999

[3]Ídem

[4]El fútbol en Capítulo Oriental Nº 42, Centro Editor de América Latina, Montevideo,  1969

[5]MAGGI Carlos en ¡Qué lástima! en Capítulo Oriental Nº 24

[6] ZUM FELDE Alberto, Francisco Espínola en Proceso Intelectual del Uruguay Tomo III La Promoción del Centenario, Ediciones del Nievo Mundo, Montevideo, 1967