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La calle de uno

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Categoría: Artículos difundidos
Uno aprende a vivir en sociedad cuando asume la cuota parte de responsabilidad que cae sobre sus hombros.  En ese camino estamos todos.  Y tú Juan Ramón deberás cargar la cuota parte de responsabilidad que te cabe.  Porque lo que sigue comenzó cuando el sábado pasado me preguntaste dónde había quedado el niño que jugaba a la pelota en la calle Ituzaingó entre Sarandi y Román Guerra contra el muro de la casa de los Támmaro donde vivía doña Gilda.    Gracias doña Olga por recordarme el nombre de la viejita.

 Sarandí e Ituzaingó: los hermanos Scasso de uniforme (1965)

Cosas que (nos) pasan

La calle de uno

Por Leandro Scasso Burghi

Puesto a inventar uno no puede más que reconocer lo genial de otros y lo poco que puede aportar a lo ya creado.  Jaime Roos tituló Durazno y Convención el cuento-canción que describe su esquina de Montevideo; María Elena Walsh le compuso a la Calle del Gato que Pesca en un poblado imaginario; Lennon y Mc Cartney le cantaron a sus lugares en Liverpool en general en In my life y en Penny Lane en particular.  Pero Wimpi fue más lejos al ser el más genérico y llegó más cerca y más hondo.  Le escribió a su calle y tituló a su crónica La calle de uno pintando su calle y la calle de todo aquel que haya escuchado o lea su relato.  La calle de uno.  

Uno ha vivido en más de una calle pero tiene por aquella de la niñez un recuerdo especial.  Hay lugares que recuerdo toda mi vida aunque hayan cambiado, cantaron Los Beatles. 

En una cuadra de Ituzaingó entre Sarandí y Román Guerra cabía un mundo entero.  Empezando en el garaje de la casa que los Scasso habían inaugurado esperando la llegada del tercer hijo.  La casa se levantó en la esquina de Ituzaingó y Sarandi sustituyendo la vivienda-comercio con entrada por Sarandi y salida por Ituzaingó, o viceversa, donde Tomás Clavijo tostaba maníes y gofio y elaboraba cédulas en las noche de San Juan tal como lo atestiguan  los fernandinos que ya tenían patente de tal en los años anteriores a los 60. 

En ese garaje, cuya puerta da a la calle Ituzaingó, un baúl guardaba todas las armas y accesorios necesarios para equipar dos bandos en por lo menos dos períodos históricos: uno que correspondía a la contemporaneidad que comenzaba en la Segunda Guerra Mundial y otro menos preciso basado en la definición de la no existencia de armas de fuego, por lo que eran válidas aquellos instrumentos que la crónica policial definiría como corto-punzantes: hachas, espadas y lanzas, con sus naturales defensas de cascos y escudos.  Los argumentos, estrategias, coreografías y diálogos los tomábamos los actores-jugadores del Sargento Sanders de Combate y de las matinés dominicales del Cine Maldonado que invariablemente ofrecían una de guerra y una de espadas, aparte de otras dos películas.  Aclaro que el cine no quedaba en la cuadra pero lo considero a la distancia como una extensión natural de nuestro espacio. 

Agotadas las posibilidades del garaje que eran muchas: espadas con o sin luz encendida, pelota con un arco en la puerta de calle y otro en la puerta de la cocina, básquetbol pasando cualquier objeto entre la pared y el arco del riel por el que corre la puerta, empezamos a recorrer la vereda propia.  Ya es tiempo porque el piso de baldosas está resbaloso en la nochecita de junio por la humedad y por la respiración y transpiración del grupo.

En la calle hay mucho espacio.  Pocos autos estacionados.  Apenas el Volkswagen verde del doctor frente a la puerta por la que salimos y pasando la mitad de cuadra el cachilo del “Hermanito” Miranda, enfermero en la Sala de Primeros Auxilios, padre de Mirita y Eduardo y para quien sigo siendo Facundo.  Si sobraría espacio que algunos días teníamos estacionado un ómnibus de ONDA que el papá de Ricardo se llevaba a la casa después del recorrido.  Para los adultos que tenían su dormitorio sobre la calle no era agradable despertarse de madrugada con el ruido del motor al arrancar y que permanecía encendido hasta calentarse adecuadamente para afrontar la jornada.  Para el grupo de niños a los que Ricardo daba su confianza, la aventura de abrir un Centella de Plata o de los modelos que lo sucedieron apretando un botón que se encontraba bajo el parabrisas y acceder al enorme ómnibus resultaba una experiencia fantástica.  Como entrar en la panza de una ballena.  Recuerdo las coberturas de nylon grueso de los asientos y la manija ubicada a la derecha del conductor para abrir y cerrar la puerta.  Y los pequeños tesoros encontrados como historietas y diarios que pasajeros descuidados abandonaban en los bolsillos de los asientos o en el estante para bolsos.  Un día la muerte pasó por la casa de Ricardo y nos avisó a todos que las mamás también podían faltar; después sería el papá y los gurises marcharían a Montevideo a casa de unos parientes.  Aprendimos que esas cosas pasan.

La ausencia de autos y otros vehículos estacionados permitía interminables sesiones de tiros al arco en la mitad de la cuadra.  Supongo que el lugar estaba determinado por varios elementos que lo hacían ideal: luz a mercurio colgando por encima de la calle para resaltar nuestras habilidades y permitirnos encontrar la pelota después de pifiarla; dos columnas en la vereda de enfrente ubicadas a una conveniente distancia ni muy lejos ni muy cerca como para hacer de límites al arco y un muro donde hacer rebotar infinitas veces nuestras ganas de hacer goles; y que estaba la casa más amigable de toda la cuadra.  Por si fuera poco allí vivía Antonio que además era el dueño de la pelota. 

Su casa era receptiva desde la vereda.  En el porche tenía dos muretes, uno más alto que otro, con aplicaciones de piedra en la parte superior que los transformaba en bancos naturales para sentarse a esperar para entrar al peloteo, a mirar o a comentar después las jugadas, los goles, las atajadas, las películas o la pelea.
Adentro estufa a leña, brasas y costillas, revistas de chistes y la amplia mesa de la cocina transformada definitivamente en cancha de fútbol de botones por la cinta adhesiva, (en aquel entonces cinta scotch), que levantó permanentemente el barniz de acuerdo a las marcaciones de mitad de cancha, círculo central, áreas grandes y chicas, medialunas, puntos penales y cuartos de círculo donde hacer los corners.  Y así quedó para siempre marcada.
Angelita y la pila de cuadernos con deberes para corregir y la magia de copiar una y mil veces el mismo texto o ejercicio en una asadera llena de gelatina con el original escrito con tinta hectográfica.  TV blanco y negro con dibujos animados del Lagarto Juancho y los sábados a la noche Los Intocables con Eliot Ness y su lucha contra Capone, Nitti y otros malos.  Patio y más pelota.  Perro y gato.  Y Angelita nunca diciendo que no.  Aunque el vidrio de la cocina fuera siempre más frágil que la pelota.

De vuelta a la calle.  Aunque circulaban pocos autos, a veces un ciclista o un desprevenido peatón hacían que ocasionalmente se detuviera el peloteo.  Teresita también cargada de cuadernos  debía recorrer ese camino para llegar a su casa.  Casa que no estaba en la calle pero donde me recuerdo pegando papeles de colores hasta realizar una composición sobre papel garbanzo que me dejara satisfecho en mis ansias de expresión y para llevar con orgullo a mamá.  No de todos mis actos estoy igualmente orgulloso.  Me basta recordar a Cruzado despegando las bolitas de plasticina verde pegadas en el techo.  Pese a los churrascos con ajo y perejil que nos preparaba y que con Diana pagábamos en forma tan desagradecida.

El largo muro de la vereda de enfrente iba desde Sarandí hasta la herrería de Marino donde años después enderezarían la horquilla de la moto con la que me pegué el primer y último tortazo.  Otros no tendrían mi suerte. 
Por encima del muro asomaban varios frutales de la quinta donde no se nos permitía ir a buscar la pelota por nuestra cuenta y debíamos hacerlo oficialmente los sábados de mañana.  De acuerdo a lo que he aprendido, el resto de la semana lo hacíamos entonces en forma extra-oficial. 
El muro de ladrillos anchos estaba encalado y tenía dos eternas pintadas de campañas políticas: la parte más larga arrancaba de Sarandi con una consigna colorada del Dr. Amílcar Vasconcellos y la más corta contra la herrería con letras azul-celeste invitaba a votar a la UBD.  Sin comprometerse políticamente el Paseo Real hoy ocupa ese lugar.
Pasando lo de Marino cuyos hijos habían integrado la banda de mis hermanos mayores ya llegábamos a la esquina de Román Guerra y a la casa de dos pisos que la modista Maggi dejó vacía al irse a Buenos Aires.  El terreno circundante se transformó así en depósito de cajones de madera que nuestras manos transformaban en fuertes, tanques, murallas y otros elementos bélicos imprescindibles para desarrollar estrategias de conquista y de demolición con tiros directos y por elevación que valieron algún broche en el cuero cabelludo y un orgulloso pasar por la escuela con una gasa ensangrentada.  En el local actual de ADEOM los fantasmas de nuestros muertos imaginarios rondarán buscando venganza.

Si en la mitad de la cuadra, miércoles o jueves a la tarde aparecía el auto de Chiche Massud la cosa pintaba bien.  Era conocido que junto al Dr. Falliveni, De León Perujo y otros tenían un especial gusto por el buen fútbol que no diferenciaba la pasión por Nacional o Peñarol.  Muchísimas veces cargaban con Antonio y con este escolta rumbo a Montevideo.  El programa completo podía incluir la magia del Peñarol de los negros, a Pelé y eran fija el Centenario, la noche azulada por los focos, el verde brillante del pasto, la amarilla y negra ganadora, la parada en Mendizábal y la vuelta a la calle dormida en una ciudad dormida.  Así vi el mejor fútbol que podía ver.  Confieso que lo extraño.

Se me pasó el invierno juntando figuritas del álbum México 70 que se imprimían a medida que se desarrollaba el mundial de fútbol y revisando con Antonio las fotos de las tribunas tratando de descubrir a nuestros conocidos fernandinos compañeros de escapadas al fútbol disfrazados de mariachis por aquellas tierras.  Y mientras tanto veíamos nuestro primer partido televisado en directo y no gritábamos más el gol de Espárrago contra los rusos porque entonces no sabíamos que nunca más estaríamos entre los cuatro mejores del mundo.  Niños inconscientes.

De vuelta en la vereda teníamos el almacén de Pepe y el pasillo largo hasta el corazón de la manzana donde vivían los Gatti.  Ramón y César eran los del equipo nuestro, pero otros muchos hermanos tenían a Milagritos como el menor.  Allí bajo una enorme palmera armamos una cancha de alternativa.  Hoy quedaría a los fondos del ex local de Correos.

Más niños en lo de Orrego, la peluquería de Yoray y las procesiones de damas a ponerse lindas los sábados de tarde, Pablito, los Muñoz: Fernando y Gonzalo y el bar La Sede con la peluquería de Pocho en el entrepiso.  Los mandados interminables y a paso rápido de Robertito que no formaba parte de los juegos por ser mayor que nosotros.  Y porque nunca jugaba.

Apenas afuera de la cuadra queda la estación Shell donde compramos el querosén en damajuana con canasto de mimbre y enfrente la explanada de la Ford donde el viejo me soltó corriendo mientras yo pedaleaba en una bicicleta amarilla heredada.  Dándome impulso y dejándome solo para lo que pudiera pasar.  Años después empujé con la mano bajo el asiento a sus nietos en otras calles sin que él estuviera.  Pero sintiéndolo conmigo cuando los solté aguantando la respiración.  Sabiendo que hacía bien.  Y sigo pedaleando.  Ellos también.

¿Dónde quedó el niño que jugaba a la pelota en la calle Ituzaingó?  Lo tengo conmigo. 
No puedo ver fútbol sin agradecerle a Chiche los momentos vividos; pegar dos papeles de colores combinados o mirar un cielo con nubes y un rayo de luz que las atraviesa sin pensar en los dibujos que Alberto, mi hermano, me hacía para Teresita inspirado en estampas bíblicas;  haber entendido una impresora necesitó que Angelita me dejara usar la tinta hectográfica.  Y que comiera sus milanesas.  Tal vez por eso no necesito que llegue agosto para acordarme de ella. 

Con Antonio disfruto cada minuto de nuestros fugaces encuentros actuales.  En la niñez era generoso hasta la exageración e inquieto hasta la desesperación.  Hoy es mucho más grande y sorprendentemente más quieto.   No recuerdo que antes, entre el apetito permanente y la vejiga siempre repleta, viera una película completa.  Sigue igual de generoso.

Tengo conmigo al niño. 
Porque el  Sabalero diría lindo haberlo vivido para poderlo contar.  No cantar en mi caso.
Porque no coincido con Sabina en que pueda olvidarse el lugar de donde se viene.
Aunque deba acordar con él en que puede que no exista el sitio a donde voy. 
Porque Lennon y McCartney aseguran que la Penny Lane de sus orígenes está presente en sus oídos y en sus ojos.
Porque Serrat, cambiando playa por calle, aventuró un: quizá porque mi niñez / sigue jugando en tu playa/ y escondido tras las cañas / duerme mi primer amor / guardo tu luz y tu olor / por donde quiera que vaya.

Porque la calle de uno, en la que uno vivió tantas cosas, se quedó para siempre a vivir en uno. 


Mi barrio era así, así, así
Es decir, ¿qué sé yo si era así?
Pero yo me lo acuerdo así

Nocturno a mi barrio de Aníbal Troilo

Sarandí esquina Ituzaingó: explanada de la Ford  
Crédito de la imagen: Grupo facebook "Recuerdos de Maldonado"

Sarandí esquina Ituzaingó: estación de servicio Shell
Crédito de la imagen: Grupo facebook "Recuerdos de Maldonado"