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Dichoso el árbol

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Cosas que (nos) pasan

Dichoso el árbol

Por Leandro Scasso Burghi

“El árbol es, para Maldonado, no sólo un valor industrial sino un valor turístico.  Cortar un monte quiere decir, a veces, destruir un paisaje.  En este caso la verdadera industria local, el turismo, reclama su prioridad.  Debemos recordar que en todas partes se encuentran arenales y serranías, tanto o más bellas que en Maldonado.  Pero, en ninguna parte esta arena o aquellas sierras ostentan un ropaje como el que aquí visten.  El turista más selecto, aquel que ha llegado hasta nosotros en busca de belleza y de reposo, no puede prescindir del árbol.” 
R. Francisco Mazzoni, Senda y Retorno a Maldonado, década del 50

Rubén Darío sentenció:

Dichoso el árbol que es apenas sensitivo
y más la piedra dura porque ésa ya no siente,
pues no hay dolor mayor que el dolor de estar vivo
ni mayor pesadumbre que la vida consciente 

La madrugada del miércoles 24 y el día que la sucedió nos llenaron de sentimientos hacia esos árboles que nos rodean porque entre ellos elegimos vivir y confirmaron a muchos de los fernandinos ese pesar existencial de lo humano. 

Mientras soplaba el viento le pedimos a nuestros árboles que soportaran más de lo que podíamos exigirles.  Al caer con crujidos que sembraban el miedo más hondo les pedimos que esquivaran nuestros efectos personales que construimos o dejamos a su alrededor e inclusive bajo su protección.  Adivinamos cuanto daño causaban estas caídas acercándonos a las ventanas pese al temblor de los vidrios entre la oscuridad reinante debida a la caída de los cables de alimentación eléctrica. 

A la mañana y con luz natural vimos la magnitud del desastre que se abatió sobre Maldonado.  Culpamos a nuestros árboles de las roturas causadas.  Les adjudicamos todos los males producidos por la acción del viento.  Alimentamos la psicosis  entre los vecinos pidiendo que se talaran los ejemplares que quedaron en pie por miedo a los futuros desplomes. 

Coherentes con los tiempos que corren en los que se tienen muy en cuenta todos los derechos que hemos ido consiguiendo pero poco y nada de nuestras propias obligaciones olvidamos que fuimos nosotros los que elegimos vivir bajo su sombra.

Las acacias y pinos ya estaba allí cuando se abrieron las calles y se amojonaron los padrones.  Sin saber si pisábamos propiedad privada, espacio público o futuro trazado de la red vial juntamos hongos bajo la pinocha en el otoño.  Recorrimos el monte buscando piñas y cortando ramas y troncos de árboles caídos para alimentar nuestras estufas en invierno.  Al finalizar la estación de los fríos y comenzar la primavera nos deleitamos con la explosión amarilla de la floración y polinización del bosque.  En verano nos refugiamos en su frescor mientras se abrían las piñas bajo el calor del sol.  Entre los ruidos del verano recordaré siempre el crepitar de las piñas y el llamado de la paloma torcaza.  Usamos la pinocha para lograr el firme que permitiera que los vehículos entraran por precarios caminos en nuestros solares.  Todavía húmeda y olorosa la tabla de obra dejó la marca de su veta en las planchadas y después, seca y encalada, fue la fuente de calor de nuestro festejo del techo propio o del ajeno pero con la satisfacción del deber cumplido.

Pero hemos olvidado la bondades del bosque subordinando su conservación y cuidado a otros utilitarismos más urgentes medidos en dólares.  Nos quejamos de las manchas de resina en la chapa de nuestros autos transformados en símbolos del estatus económico.  Ignoramos u ocultamos conscientemente que el valor de nuestras propiedades estuvo siempre en relación al barrio jardín donde las edificamos. 

Minimizamos nuestras escasísimas acciones preventivas al considerar las razones de los desastres particulares y globales que sufrimos:  nuestra pereza en limpiar las copas de los pinos altos; nuestra capacidad creciente de crear claros en el bosque que hacen que cada ejemplar se encuentre sólo y aislado en las tormentas al haber eliminado las barreras contra el viento que se desarrollaron en cien años de forestación; desnudamos nuestra incapacidad crónica de plantar nuevos árboles, la imprevisión ciega de reemplazar los ejemplares viejos para mantener la población de pinos; ejercitamos nuestra habilidad para inventar excusas por las que no cumplimos las reglamentaciones vigentes en los barrios jardines con respecto a la cantidad de árboles por terreno en el que se edifica una construcción; fantaseamos acerca del poder de recuperación natural del monte; dejamos a los otros vecinos o a la intendencia el trabajo del cuidado preventivo; respondimos con argumentos basados en los apuros económicos por los que pasamos al perseguir bienes muy tangibles y que fijamos como objetivos prioritarios, el motivo por  que no nos quedó dinero para disponer en el cuidado de las especies arbóreas que daban vida, color y destaque a nuestras casas. 

En lo personal no vivimos anteriormente un temporal como el pasado.  Para los más memoriosos hay que remontarse cuarenta años para presenciar algo similar.  Pero debemos hacernos varias interrogantes: ¿Cuántos habitantes tenía Maldonado entonces? ¿Cuántos fraccionamientos nuevos hay ocupando áreas que entonces eran bosques tupidos? ¿Cuántos pinos había entonces? ¿Cuántos ahora?
Temo y comparto con ustedes mi temor que en los días que seguirán a este hachazo brutal todavía serán derribados más árboles que los que ya cayeron con la intención de preservar la seguridad personal y la inversión realizada de los moradores de esta ciudad edificada en un bosque artificial creado para detener el movimiento de las dunas.

Como alegato en defensa de nuestros árboles señalados para la tala por el dedo acusador del propietario calculador, del desocupado devenido en monteador improvisado, del inquilino con miedo, me permito repetir el viejo aforismo que asegura que mientras el dedo índice apunta al árbol al menos tres dedos de esa misma mano apunta a la persona que se erige en juez.  Esos tres dedos señalan a los responsables de la imagen de la ciudad que esta generación dejará a la siguiente. 

No hay duda al respecto.

Que somos responsables de lo que hemos hecho y de lo que estamos haciendo de cara a los que recibirán este patrimonio.

Que más temprano que tarde debemos hacer que nuestros tendidos eléctricos y telefónicos sean subterráneos de forma de eliminar el riesgo tan común de caída de cables, la consiguiente falla en los servicios y el peligro latente de accidentes.  

Que en algún momento deberemos implementar un seguro obligatorio de las propiedades contra daños ocasionados por caídas de árboles dado que el bien común exige el mantenimiento racional del bosque y el lógico interés particular es el de proteger nuestros bienes.  Por más que me rompa la cabeza no encuentro mejor forma de implementar su obligatoriedad que incluirlo como una tasa fija en la contribución inmobiliaria que pagamos los contribuyentes a la Intendencia Municipal mal que les pese a los contrarios de la injerencia estatal en los asuntos particulares. 

Que debemos volver a plantar en nuestros propios y desforestados terrenos nuevos ejemplares que mantengan el perfil que hizo famoso a nuestra región mientras quitamos o limpiamos los que tienen peligro de caída.  Y en tal sentido no hay que pedir legislar al respecto sino efectivamente cumplir con la legislación vigente. 

Que si cortamos pinos en amplias áreas para construir bloques de viviendas o negocios que ocupan grandes superficies sin exigir como contrapartida la plantación de nuevos árboles en terrenos de mayor o al menos igual tamaño no forestados perdemos calidad de vida en lugar de conservarla o mejorarla.

Que si continuamos con el proceso iniciado desde que empezamos a diseminar nuestras viviendas de ladrillo y teja por los arenales cubiertos de pinos, abriendo calles, impidiendo los nuevos brotes con nuestros jardines de cuidados céspedes nos quedamos sin bosque. 

Que para cuando la sombrilla verde de las copas de los pinos sea sólo un recuerdo para nostalgia de los viejos, de las dos vistas que se ofrecen hoy en los apartamentos altos en las torres de elevado valor: la costa o el bosque, solamente quedará una opción para unos pocos cada vez más lerdos inversores tentados en su afán de probar fortuna en la ruleta inmobiliaria a la que hemos apostado todas las fichas de nuestro futuro sin mucho criterio.

Que debemos de una vez y para siempre poner valor en lo que nos valoriza, en lo que nos distingue.  De otra forma dejaremos a la próxima generación un legado de propiedades que tuvieron alto valor inmobiliario sumergidas en una zona depreciada y no requerida por haber quitado con nuestras manos uno de los elementos que hacía a nuestros solares únicos e irrepetibles a lo ancho y lo largo del mundo, por actuar de acuerdo a la egoísta doctrina de la seguridad personal y del bienestar económico a cortísimo plazo. 

... y sufrir por la vida y por la sombra y por
lo que no conocemos y apenas sospechamos ...

Enancados en una espiral paranoica nuestros barrios jardines se transformarán en áridos territorios delimitados por altos cercos en los que los perros guardianes serán los verdaderos amos y señores y los habitantes prisioneros de sus inseguridades y de sus miedos.

y no saber adónde vamos,
ni de donde venimos ...

Hasta que no reconozcamos que venimos del bosque y que le debemos mucho.

Por eso lo del principio.  Dichoso el árbol que no sufre el pesar consciente que nos cabe a los fernandinos, de la propia responsabilidad de saber que nuestras manos y acciones están escribiendo nuestro futuro como sociedad y que no vamos por buen camino.   Espero que sepamos actuar sabiamente, por Maldonado, por los míos y por los suyos. ¡Y que usted lo vea!